Hace unas semanas estaba sentada en el comedor, después de almorzar, con la cabeza dando vueltas, pensando en algo que se llama la creatividad del lenguaje y en cómo los hablantes somos unos genios que inventamos palabras nuevas juntando otras que ya existen.
Para poner un ejemplo... ¿Viste cuando alguien mezcla “monotributista” con “triste” y sale MONOTRIBUTRISTE?
Bueno, esa fue mi primera señal.
Hice un post al respecto y pasó sin pena ni gloria (lo podés leer acá), pero sirvió para lo que realmente tenía que servir: me puse a jugar y a inventar palabras, y llegué a la idea del FANCYVERSO.
Entonces pensé: si voy a inventar un universo —o nación, o lo que fuera— tiene que tener reglas. No cualquier regla, obvio.
Tenía que tener habitantes. Un gentilicio. Un Gobierno (aunque sea simbólico). Y un lenguaje propio, como hizo Tolkien con la Tierra Media.
Entonces, por derecho divino y autoimpuesto, me coroné Reina del Fancyverso. Porque alguien tenía que hacerlo.
Sí, suena ridículo, pero también tiene sentido porque hace años vengo haciendo chistes con que estoy construyendo mi imperio del inglés — y bueno, ahora el imperio es oficial.
Si pensás que esto ya fue bastante delirante, esperá a ver la Constitución del Fancyverso. Ahí sí que la cosa se pone peor. Dale, andá a leerla y después me contás.
Y si después de leer la Constitución todavía te quedan ganas de más, podés darte una vuelta por el Boletín Oficial del Fancyverso (aka mi newsletter).
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